ALTER EGO.

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No podía soltar el bolígrafo. Rayó la mesa, el suelo, las paredes, todo lo que le rodeaba. Salió a la calle y continuó escribiendo. Escribiendo, escribiendo, por el arcén, por la carretera, en el paso de cebra y en los anuncios. El bolígrafo lo tenía dominado y no deseaba pararse. Tenía que sacar todo lo que tenía dentro, todo lo que le llenaba. Aún cuando si se paraba a pensar se sentía vacío, hueco, no encontraba nada que sacar. Por eso dejaba que el bolígrafo se moviera solo y le dijera qué escribir, qué decir y cómo.

La gente ni lo miraba, pasaban de largo sin prestar atención a nada. Él escribió y escribió hasta llegar a una colina. Allí se tumbó agotado. Se estaba poniendo el sol. Se sentó y se abrazó las piernas con los brazos, esperando, alguien llegaría. Empezó a ponerse nervioso sin saber por qué. Se escucharon unas pisadas que se acercaban, no se giró para ver quién era, ya lo sabía, estaba acordado de antemano. Se sentó a su lado y ambos guardaron silencio, disfrutando de la energía cambiante que pasaba del miedo a la calma.

– Pensé que darías más miedo. Pero eres muy bella.

– No todos dicen eso, solo los que llegan a mí en calma.

– Yo estoy preparado, caminemos juntos.

– ¿No tienes miedo? No es malo sentirlo, todos lo sienten ante mí aunque muchos lo nieguen. Todos temen a la muerte, a la oscuridad, al dolor, y yo soy un poco todo ello. Teme pues, yo no te voy a juzgar, solo tú puedes hacerte eso. Nunca lo he entendido.

– ¿El qué?

– Juzgaros, a vosotros mismos. Es normal tener miedo, huir del dolor, no ver en la oscuridad y no saber qué sendero seguir ante todos los que van apareciendo por el camino. En cambio, rechazáis todo eso llamándolo debilidad y veneráis lo que concebís como valentía. Pero todo está dentro de vosotros y sale sobre todo cuando me veis venir.

Él se quedó pensativo y callado. Aún resonaba por encima de ellos el eco de su voz. La soledad lo miró a los ojos. Desde hacía un rato algo lo carcomía por dentro. Es verdad que se había acercado sereno, tranquilo, pero ahora una duda se asomaba por los ojos de la soledad y él la percibía como suya.

– ¿Tienes miedo? – Le preguntó él a ella.

– Solo puedo alimentarme del vacío de los demás, de su dolor. Muy pocas veces me alimentan con una sensación de calor, de abrazo y cariño, pues los que más frenéticamente me buscan, más tardan en encontrarme.

– Eso no tiene sentido, si quieres estar solo, lo estás.

– ¿Eso crees? La gente confunde lo que quiere, juegan con ellos mismos, sin saberlo. Piden algo y al momento cambian de opinión, pero su mente sigue buscando lo primero que pidieron, tardan golpes y golpes en darse cuenta de que no era exactamente lo que buscaban, y que hacía mucho tiempo que lo sabían. A veces siguen, por costumbre, quizás.

– Pero yo no tengo miedo.

– ¿Cuánto más vas a engañarte?

Y la oscuridad lo llenó todo, el silencio inundó sus sentidos y solo su mente, sin cuerpo, flotando.

PINTURAS ENTRE VERSOS.

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Se difuminan mis contornos

Como acuarelas y agua

Tu música es el agua

Que deshace mis límites

Me expando en el espacio

Como la luz en el universo

Y como una hoja seca

Viajo en las alas del otoño

Suave brisa blanca

Me lleva de mi centro hasta tu alma.

¿Y si te encuentro?

¿Y si nunca te encuentro?

Porque entre más me encierro

Más te alcanzo

Y entre más miro a dentro

Con más claridad contemplo

No sé si me da más miedo perderte o alcanzarte

Es como el aire

El exígeno que te da vida

Es el arma que la quita.

     Daniela Joya.

 

 

Dos gotas de acuarela caen sobre mi hoja en blanco y ahí empieza todo. Las líneas se expanden y crezco, comprendo, aprendo. Dos líneas paralelas me dividen y con la vibración de la música se evaden hasta que no queda nada. ¿Dónde quedo yo, en todo este torbellino que me remueve? ¿Dónde quedas tú, detrás de toda esa pintura que te tapa y no te veo? Las sombras crecen y ya no veo nada, te has fusionado con ellas. Solo quedan las últimas notas para seguir el camino, para no perderme. Ellas sostienen el puente, y camino, corro, salto, al compás que se va extinguiendo. Solo quedo yo entre la pintura, entra las sombras, entre las últimas notas que vibran y me remueven, entre las últimas notas que me evocan un momento que vendrá. Entre las últimas notas que me guían y que pronto se extinguirán.

Jess Domínguez.

LA HORA DEL TÉ.

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Una niña jugaba en el jardín. Cuando pensamos en un niño jugando, casi siempre nos imaginamos risas, un no parar de correr, saltar y el niño en cuestión hablando solo. Ella hablaba sola, pero no había risas. La niña estaba sentada en una pequeña mesa con cuatro sillas, ella estaba sentada en una y las demás estaban vacías, encima de la mesa había tazas, una tetera, pasteles y comida de plástico. Cristela le hablaba a una de las sillas vacías, refunfuñando.

– ¿Por qué no te vas a jugar fuera, cariño? Eso me ha dicho mi madre. ¡Siempre es lo mismo, Teresa! – Delante de ella una forma oscura empezó a crearse. Parecía una larga túnica negra que sostenía una guadaña, daba la impresión de ser enorme, tenía los brazos extendidos mostrándose todo lo imponente que sabía.

– Teme, oh, mortal. Pues tu alma quedará subyugada a mi hoy y no tendré piedad ni… – La niña lo miraba con curiosidad y desafío a la vez. – Eso, grita ante mi aparición…

– ¿Quién eres? – La niña seguía sentada pero con las manos en la cintura y con intención de regañar. – ¿No te han dicho que no puedes entrar en casas que no sean la tuya? Este es mi jardín. – Dijo la niña con cierto orgullo. – Y esta es mi mesita de té. – Esto lo dijo sin demasiada alegría. – Esta es mi amiga Teresa. – Señaló a la silla vacía.

– ¿Teresa? Pero si es un demonio con un lazo en el cuerno.

– ¿Demonio? No le escuches Teresa, estás muy guapa. – Teresa levantó la cabeza con gesto indignado y le dio la espalda a la muerte. – Mi tía tiene una carta donde sales tú. – Se sentía importante por saber aquello, las demás niñas no tenían tanto conocimiento como ella. – en el tar…taro.. tarom. – Dijo con convicción. – Y todos se asustan, pero yo no te tengo miedo. No tengo miedo a nada. – Terminó con retintín.

– He venido de la más profunda oscuridad a llevarme, oh, ser mortal, tu al… ¿Me estás escuchando?

– ¿Quieres jugar al parchís? Es que a Teresa le apetece jugar al parchís.

– ¡¿Pero a ti que te pasa?! Vengo aquí, hago el esfuerzo de venir en persona, me estudio toda esa perorata que se supone que he de decir, ¡me lo he trabajado! ¿Para qué? ¿Para qué ni te inmutes? ¿Para qué me digas, ven, vamos a jugar al parchís? Para eso no vengo, hay mucha gente muriéndose, ¿Te crees que no tengo trabajo? Nadie valora mi trabajo. ¡Nadie se alegra de verme!

– Ven, siéntate y toma un té. – La niña le echó té invisible en una de las tazas de plástico y se lo acercó. – La muerte se sentó avergonzada.

– Gracias… lo siento. No quería ponerme así, ha sido poco profesional.

– Mi mamá también viene a veces enfadada del trabajo. – La muerte bebió del té invisible de la niña, e intentó relajarse un poco. A los pocos minutos empezó a sentir que se ahogaba, apenas podía mover el brazo derecho de la túnica y la guadaña se le cayó al suelo. Miró a la niña con pavor, no tenía ojos, solo oscuridad dentro de una túnica, pero desprendía miedo por todas partes.

– Mi mamá dice que te llevas gente, y también dice que no me vaya con desconocidos.

– ¿Has envenenado el té?

La madre llamó a la niña para ir a comer, ella se levantó y se fue corriendo dando saltitos, Teresa lo miró compasiva y se le acercó, con una voz que sonaban a muchos gritos a la vez, le dijo.

– Tranquila, aquí no se está tan mal.

ZXM

“Escribo en esta hoja de libreta pues creo firmemente que es imposible que me espíen por aquí. Sé que han estado siguiéndome últimamente, pues estoy en posesión de la verdad. La única y espeluznante Verdad. Lo dejaré aquí escrito por si me matan, pues creo que me están drogando a través de la comida cada vez que me despisto para poder matarme poco a poco.

Lo vi todo claro hace poco, já, ¡es tan simple! No tan clara como la de las naranjas con ombligo pero… Lo vi todo claro un día mientras calentaba mi comida en la oficina. El plato giraba y giraba, calentándose, mientras le daba la luz, y lo vi. Es el mismo mecanismo. ¡La tierra está dentro de un microondas! La tierra gira y se va produciendo el calentamiento global que no es otra cosa que la tierra cocinándose. ¡Nosotros no crecemos, nos cocinamos! ¿Cómo no lo hemos visto antes?”

Alzó la mirada de la libreta y la posó en unos hombres que charlaban animosamente cerca de él. Estaba sentado esperando el autobús que iba con retraso. Desde hacía un tiempo cada día cogía uno diferente para volver a casa. Pasó la hoja nerviosamente y escribió pulcramente.

“Lista de la compra:

  • Yogur.
  • Café.
  • Mermelada.”

Levantó la vista, los hombres habían pasado de largo y doblado la esquina. Volvió a la página anterior.

“Intentan averiguar lo que escribo, pero ya los tengo calados, se quiénes son. Sus movimientos no me engañan, aunque he de decir que actúan muy bien. Ayer atrapé a uno de ellos revisando mis papeles. Ella afirmó rotundamente ser la mujer de la limpieza, pero vi una sonrisa asomar por sus labios cuando se fue. “

Se subió al autobús y guardó la libreta en la mochila que llevaba. Un hombre se sentó a su lado y apretó más fuerte su mochila contra el pecho. Nunca habían intentado acercarse a él tanto. Lo miró de reojo y le pareció que el hombre apartaba la vista de él rápidamente, pero lo había pillado: era uno de ellos seguro.

Se bajó en la siguiente parada y el hombre también. Aceleró el paso mirando constantemente hacia atrás. Le estaba siguiendo. Apenas podía pensar en nada más que correr. Aceleró más el paso y se escondió en un callejón. Esperó a que el hombre pasara de largo y, cuando salió, no había indicios de él por ninguna parte.

Llegó a casa y saludó a su gato. Le puso comida y se sentó en su escritorio.

“Mañana propagaré la información, todo el mundo podrá saber la verdad y exigir respuestas. Les enviaré cartas a todos, lo contaré en las calles. Casi me apena que no puedan hacer nada más para pararme.”

Escuchó un ruido en la cocina, no levantó la vista pues supuso que era el gato, pero un ruido a su lado le hizo levantarse de golpe. A su lado estaba el gato con los pelos erizados y gruñendo.

EL CLON

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Parecía que el mundo entero se había vuelto loco. ¿Por qué tanto revuelto? Solo había aterrizado una nave espacial. Encendió la televisión para ver las noticias sobre aquello. Al principio lo miró con indiferencia, al poco no podía apartar la mirada de la televisión. Los seres que bajaban de la nave no se parecían a nada a como él se había imaginado a un extraterrestre, seres verdes, con garras y dientes afilados, babosos, grandes y muy inteligentes; a diferencia, todos eran clones suyos. Eso le perturbó y no sabía muy bien cómo reaccionar. Salió a la calle a airearse, todos con los que se cruzaba le señalaban con terror. El echó a correr e intentó huir todo lo lejos que pudo. Cuando giró la cabeza un montón de clones suyos lo seguían, de repente el mundo se acabó. Ante él, no había más camino, sólo un precipicio que daba al universo, se giró y miró a los clones. En silencio, se estaban deshaciendo, dejando solamente varios montones de arena blanca.

Se despertó empapado en sudor, casi saltó de la cama y miró a todas partes. Estaba en su cuarto, sólo había sido un sueño. Se sentó en la cama con un sentimiento desagradable en el pecho, algo lo tenía muy inquieto y no era sólo el soñar con él mismo. Döden, su perro, se acercó a él y le pidió mimos. Estuvieron un rato los dos estirados en la cama en silencio y luego salieron a pasear. Iba tan concentrado en sus pensamientos que no se fijó en nada hasta que se chocó con alguien. Levantó la mirada más mecánicamente que porque lo sintiera, para disculparse, aún perdido en sus pensamientos y se vio a él mismo.

Miró a su alrededor, todos eran él. Le entró pánico pero no corrió, nadie le miraba extraño, todos seguían haciendo sus cosas tranquilamente. Hablando entre ellos, paseando o caminando apresurados con caras de preocupación. Los miró con atención y se preguntó si todos eran él, o era él, al fin y al cabo, todos.

EL JARDÍN DE LA ABUELA

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¡Plung, plonc, bang! Mi caballo es el más súper rápido de todos, ¡toma monstruo! ¡Soy el caballero más fuerte! Oh, no, el monstruo Papá está otra vez en la entrada de mi cueva, y es mega fuerte, le tiraré una flecha.

– ¡Marcos! Estoy trabajando, ahora no puedo jugar contigo. No me tires bolígrafos.

El monstruo se ha enfadado, es el momento de huir. Es el momento de robar el gran tesoro de la cueva fría. El gran tesoro de chocolate de la bruja Mamá. La bruja Mamá está comprando para las pociones malvadas, pero ella me engaña diciendo que son comidas y que me lo tengo que comer todo para ponerme muy grande y fuerte. ¡Ecs!, esa que llama “espinacas” está muy muy mala.

Me he escondido debajo de mi cama para comerme el tesoro pero la bruja Mamá ha llegado y me ha encontrado, se ha enfadado conmigo y me ha derrotado. Casi corro más deprisa que ella, pero me ha alcanzado y me ha castigado de cara a la pared. ¡Jo!, he de buscar un escondite mejor.

Ahora vamos a casa de mi yaya que vive en un castillo muy grande con un bosque que da mucho miedo detrás. Mi mamá dice que vive en una casa de payés y que por eso tiene tantos animales pero yo sé que en verdad es un castillo y que ella es la reina. Cada vez que vamos me cuenta una historia y yo le ayudo a seguirla, me lo paso muy bien con ella. Dice que cuando se vaya me dejará el castillo para mí solito, pero yo prefiero que vivamos los dos juntos para siempre, y contemos muchos cuentos más.

Las estrellas del jardín de mi abuela se van encendiendo una detrás de otra, mi mamá siempre me dice que no son estrellas, que son lamparitas que tiene mi yaya porque le gusta ir a pasear cuando anochece, pero yo no me lo creo porque yo sé que ella es un hada muy poderosa y que tiene estrellas para ella sola. Yo sigo las estrellas que van entrando al bosque encantado detrás del castillo mágico de mi abuela y voy hablando con los gnomos, los duendes y todas las criaturas que hace mucho que no veo. Ellos me cuentan que la malvada pantera Mirsifús ha estado por allí secuestrando mariposas y pájaros, un día lo vi yo. Estaba escondido y Mirsifú saltó muy alto, y… ¡agrm!, ¡se comió a un pájaro!

Me han pedido ayuda porque saben que soy un caballero muy fuerte, y vamos a ir a luchar contra ella. Nos hemos hecho unas espadas mágicas con unos troncos que un mago nos ha dejado y hemos ido a luchar.

He llegado a la zona más oscura del bosque, esa me da un poco de miedo, y muchas veces llamo a la bruja o al monstruo para que me enciendan una estrella o un sol y poder ver. Hemos ido todos en grupo para enfrentarnos juntos,; por el camino casi nos caemos a un gran lago pero como llevábamos puestas las botas mágicas de lluvia lo hemos saltado. Ha sido muy divertido porque hemos saltado hasta mover toda el agua y el hada Margarita se ha mojado mucho. Espero que mi mamá no me regañe por mojarla a ella y a mi pantalón.

Luego hemos seguido un camino y hemos peleado con unos bichos malvados, he pasado un poco de miedo porque uno me ha seguido, pero he conseguido despistarlo. En un momento he escuchado un ruido y me he acercado, tenía la espada mágica cogida muy fuerte y ha salido el monstruo Papá.

– ¡Que te como! – ha gritado; y yo he corrido muy rápido hacia él y le he saltado encima.Él ha gritado de miedo y yo he volado un rato corriendo con el monstruo derrotado.

El monstruo me ha contado muchas cosas del bosque, a veces nos peleamos y a veces somos muy amigos.

Hemos escuchado unas ramas moviéndose y nos hemos acercado cogidos de la mano porque yo tenía un poco de miedo. En la oscuridad, a lo lejos, vimos unos ojos amarillos gigantes.

 

DE MICRORRELATOS VA LA COSA.

GROTH

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Groth rugió con más ira y escupió más fuego. Encerrado hacia siglos en aquella prisión de tierra, luchaba por salir. Sentía cada día más presión que le empujaba hacia adentro, que le apagaba más y con la que apenas podía ni gritar, pero no se iba a rendir. Volvió a gritar más fuerte y escupió toda la ira que pudo. Las paredes comenzaron a temblar, rocas caían del techo hiriéndole, pero él no se dejó callar, gritó toda la ira que había almacenado con los siglos, gritó toda su soledad y toda la injusticia que sentía, gritó hasta que le ardió el pecho, ya podía ver el cielo a través del agujero que se había formado en el techo, oía gritos lejanos de horror. Volvió a gritar y escupió el resto de esperanzas que le quedaban, el agujero fue haciéndose más grande, y los gritos cada vez más fuertes, cada vez más voces se unían al pánico exterior. Con un último grito escupió sus últimas fuerzas y su temor, toda su opresión y fue apagándose un poco, fundiéndose con las paredes, calentando todo a su paso, fue acercándose al cielo que veía tan a lo lejos, acercándose a los gritos, quería atraparlos, esconderlos, apagarlos para siempre como casi habían conseguido con él, quería hacerlos eternos, unos gritos silenciosos que siempre se escucharían en el vasto silencio que iba a crear de ceniza.

GOLPE A GOLPE, VERSO A VERSO

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No supo cuando había empezado a esconderse de sí mismo, lo había metido todo dentro de una fortaleza de excusas y procrastinación tan fuerte que ni él mismo sabía qué hacer, hasta que se cansó y golpe a golpe, verso a verso, fue rompiendo todos los muros que no le dejaban verse a sí mismo.

EL CHAMÁN

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Unos ojos verdes, otros marrones y azules. En varios frascos, guardados en formol. Dentro de la cabaña, al lado de las plantas que huelen raro, al lado de los dientes de ajo y los collares de madera estaban los frascos con los ojos. El chamán siempre asustaba a los niños con esos frascos, pero la verdad es que a él también le daban respeto. Por las noches, antes de ir a dormir, giraba los frascos para que miraran en otra dirección, pero seguía teniendo la sensación de que le miraban. Sentía que esos ojos podían mirar en su interior, y sabían presente, futuro y pasado. Intentaba no pensar en secretos muy destructivos cuando pasaba delante de esos ojos, nada que le delatara, y acababa pensando en sus peores recuerdos. Sin pensar que, a fin de cuentas, esos ojos que tanto le atemorizaban, no eran más que eso: ojos en formol.