C’EST FINI.

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Por la cabeza le pasaban miles de imágenes, algunas muy lejanas, otras muy cercanas. Se iban sucediendo una detrás de otra mientras un ruido de fondo le resultaba muy conocido. Clac. Clac. Clac. Y las imágenes pasaban.

Clac. Se veía a él de pequeño con un flotador en la cintura y unas gafas de bucear, llevaba un ridículo bañador de patos. Recordaba esa imagen, era de cuando su madre, harta de tener que desenredarle los rizos, había optado por raparlo al cero.

Clac. En la nueva imagen, se veía a él en su adolescencia sentado en una butaca con el pelo rizado, oscuro y todo enredado que le llegaba por el pecho. Reposando sobre las piernas tenía una libreta donde apuntaba sus ideas de canciones e historias.  A su derecha se veía su B.C Rich y entre las manos tenía la cámara de video que le habían regalado sus padres.

Clac. Él, vestido con una túnica larga y birrete, sonreía enseñando un diploma. A su lado, una chica sonriente le abrazaba cariñosamente por al cintura y con la otra mano sostenía su diploma. Era más bajita que él, con el pelo corto y rubio, llevaba un vestido rojo, la túnica abierta y su birrete. Recordó que esa fue la última vez que la vio, poco después le citó en una cafetería y entre excusas y mirando nerviosa para los lados, le confesó que sentía mucho aprecio por él pero que no era su tipo. ¿Dos años has tardado en darte cuenta? Se preguntó para sí, incapaz de decirlo en voz alta. Al tiempo se enteró que le había dejado por otro que le hacía más regalos que él.

Clac. Estaba en la puerta de una empresa, de traje y corbata. Su primer trabajo. Su pelo ya le llegaba por la cintura. Aún no había superado el trauma que le quedó cuando su madre le rapaba de pequeño y, en un pequeño acto de rebeldía interna, decidió no cortárselo jamás.

Entonces recordó a qué le sonaba el incesante clac. Recordó las mañanas eternas de clase, donde, entre la aburrida perorata de la profesora Rosario, cada clac le acercaba un poco más al timbre de salida.

Las imágenes fueron alejándose dejando paso a la incertidumbre. Estaba encima de un gran escenario, en el patio de butacas, muchos hombres con monóculo, bigote blanco y smoking aplaudían a rabiar, sonrientes. Algunos reían a carcajadas y otros silbaban. Se dio la vuelta y detrás suyo seguían pasándose fotos suyas. No comprendía qué estaba pasando. El público seguía aplaudiendo y él se sentía el centro de todas las miradas, eso nunca le había gustado.

Por su derecha entró al escenario un hombre con ropa informal, pero se veía claramente que había pasado horas arreglándose. Tenía gomina en el pelo y sonreía con los dientes más blancos que jamás había visto.

– Vamos, ¡aplaudan más fuerte a Germán! Hola Germán, ¿Cómo te sientes? menuda vida has tenido ¿eh?

Germán cada vez estaba más desconcertado, ¿Cómo sabía ese hombre su nombre? ¿Cómo que menuda vida?

– ¡Uy! No parecías tan tímido en pantalla, ¿sientes que te ha quedado algo por hacer?

– No entiendo qué pasa, ¿Quién es usted? ¿Qué… qué hago en el escenario…? ¿Qué?

Comenzó a enredarse, no sabía ni qué quería preguntar, le venían demasiadas preguntas que hacer.

El presentador tan sonriente como siempre, miró al público y se unió a la carcajada general.

-Me parece Germán, que no te das cuenta de donde estás. Estás en lo que en tu película llamabais “El cielo”. Pero tu película ha acabado y aquí estás. Menuda vida… A todos nos ha encantado.

-Me intentas decir que estoy… mue… – No podía pronunciar esa palabra.

Detrás de ellos unas luces de neón se encendieron. “C’est fini” ponía en las luces amarillas parpadeantes.

Después de una larga entrevista sobre las hazañas de su vida, recordando momentos que él había decidido olvidar y otros que había olvidado sin querer, le hicieron pasar detrás del escenario. Allí, en un camerino, se sentó en un gran sofá de color marrón café ante un hombre vestido de blanco, con un cabello largo recogido en una coleta, que le dijo con una sonrisa en la cara.

– Como habrá supuesto, ha muerto. El público ha fascinado con su historia, enhorabuena. Aunque casi siempre se fascinan con la historia de todo el mundo.

Germán se frotó la frente casi sin comprender.

-Es decir… que todos esos señores… ¿han visto toda mi vida? – Una verguenza no tan ajena lo invadió.

-Así es. – El hombre seguía sonriendo, eso le molestaba bastante tratándose de un tema tan delicado.

-Y, maldita sea, ¿Por qué te aplauden señores de traje cuando mue..? – Seguía sin poder decir esa palabra.

-Hombre, ¿no es bonito que te aplaudan después de hacer las cosas? Creo que así la muerte se lleva mejor. Ya es bastante duro enterarse de que has muerto. Si os recibimos con un aplauso, está comprobado que os lo tomáis mejor.

Germán estaba comenzando a pensar que se estaba volviendo loco. Había muerto y ahora estaba en un camerino. El no creía que hubiera vida después de la muerte. Como mucho, veía posible una reencarnación. El cielo siempre lo había imaginado con muchas nubes, gente de blanco, felices y cursis que cantaban cogidos de la mano. Ni por asomo un escenario en el que te aplaudieran después de morir.

Después de haber recordado toda su vida, no le parecía tan importante como para que le aplaudieran de aquella manera, más bien le parecía una mala comedia en la que al protagonista, en ese caso él, solo le pasaban cosas tristes, que para los demás siempre parecían graciosas.

– Bueno, y como imaginarás, estar aquí no es gratis.

– ¿Perdón?

– Que has de hacer unos… trabajitos, ya sabes… ¿Qué tal se te da aplaudir?

– No creo que a nadie se le de mal.

– No te creerías lo que llegamos a ver por aquí.

Acto seguido se levantó y con un gesto de la mano le indicó una dirección. Se levantó y la siguió. Salieron fuera y se acercaron al patio de butacas, en la última fila había una butaca sola.

– Es tu sitio.

– ¿Tendré que pasarme la eternidad aplaudiendo?

– Esa es la idea, te aplauden, aplaudes, y así va el ciclo.

– ¿Y si me niego?

– Digamos que aplaudir es la mejor de las opciones, pero puedes probar a ver que pasa.

Germán se miró las manos y aplaudió.

– Parece que se aplaudir.

Y allí pasó la eternidad, o no, pues desde el escenario todas las caras parecen iguales, y en el no parar de aplausos alguien puede intentar huir por la salida de emergencias.

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