DE MICRORRELATOS VA LA COSA.

GROTH

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Groth rugió con más ira y escupió más fuego. Encerrado hacia siglos en aquella prisión de tierra, luchaba por salir. Sentía cada día más presión que le empujaba hacia adentro, que le apagaba más y con la que apenas podía ni gritar, pero no se iba a rendir. Volvió a gritar más fuerte y escupió toda la ira que pudo. Las paredes comenzaron a temblar, rocas caían del techo hiriéndole, pero él no se dejó callar, gritó toda la ira que había almacenado con los siglos, gritó toda su soledad y toda la injusticia que sentía, gritó hasta que le ardió el pecho, ya podía ver el cielo a través del agujero que se había formado en el techo, oía gritos lejanos de horror. Volvió a gritar y escupió el resto de esperanzas que le quedaban, el agujero fue haciéndose más grande, y los gritos cada vez más fuertes, cada vez más voces se unían al pánico exterior. Con un último grito escupió sus últimas fuerzas y su temor, toda su opresión y fue apagándose un poco, fundiéndose con las paredes, calentando todo a su paso, fue acercándose al cielo que veía tan a lo lejos, acercándose a los gritos, quería atraparlos, esconderlos, apagarlos para siempre como casi habían conseguido con él, quería hacerlos eternos, unos gritos silenciosos que siempre se escucharían en el vasto silencio que iba a crear de ceniza.

GOLPE A GOLPE, VERSO A VERSO

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No supo cuando había empezado a esconderse de sí mismo, lo había metido todo dentro de una fortaleza de excusas y procrastinación tan fuerte que ni él mismo sabía qué hacer, hasta que se cansó y golpe a golpe, verso a verso, fue rompiendo todos los muros que no le dejaban verse a sí mismo.

EL CHAMÁN

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Unos ojos verdes, otros marrones y azules. En varios frascos, guardados en formol. Dentro de la cabaña, al lado de las plantas que huelen raro, al lado de los dientes de ajo y los collares de madera estaban los frascos con los ojos. El chamán siempre asustaba a los niños con esos frascos, pero la verdad es que a él también le daban respeto. Por las noches, antes de ir a dormir, giraba los frascos para que miraran en otra dirección, pero seguía teniendo la sensación de que le miraban. Sentía que esos ojos podían mirar en su interior, y sabían presente, futuro y pasado. Intentaba no pensar en secretos muy destructivos cuando pasaba delante de esos ojos, nada que le delatara, y acababa pensando en sus peores recuerdos. Sin pensar que, a fin de cuentas, esos ojos que tanto le atemorizaban, no eran más que eso: ojos en formol.

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