CONSTELACIONES CARCELERAS.

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Las estrellas titilan y yo me hago la cuerda. Como si no supiera qué dicen, como si creyera que son solo bolas de gas inalcanzables, como si no pudiera correr con ellas, sin quemarme, sin ahogarme. Jugar al pilla pilla y resbalar por la colina de la luna, esconderme en un cráter de mi misma y así ya no encontrarme. Señalarme riendo y tirarme un poco de polvo de luna, y en la negra noche, con las estrellas brillando, correr lejos para no pillarme y no tener que fundirme conmigo, no tener que dialogar, solo correr, con las estrellas y cantar.

Jess Domínguez

 

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En el profundo negror de la noche, donde apenas se distinguen las siluetas de los seres que habitan las colinas de la locura, me encuentro presa dentro de mi jaula esperando el ataque inminente de los haces de luz que me atormentan desde hace décadas en las trémulas horas de la silente madrugada.

Me rasga el alma el filo de mi obsesión y abre grietas en mis huesos. Me arden las entrañas al recordar la tortura que me infligieron anoche, y anteayer, y antaño, siempre la misma, y mi voz como banda sonora de la memoria pidiendo clemencia.

Es imposible, en este estado de espera, no confundir la aparente placidez de la noche con el peor de los presagios, porque es ahora, a la intemperie y en la más siniestra soledad, cuando la suerte se hace tránsfuga y las titilantes enemigas viene a arrebatarme la cordura.

No hay nada más aterrador que ver cómo las nubes se disipan y, poco a poco, el negror desaparece y se abren paso desde el cielo mis terribles carceleras tomando a la luna como faro. ¡Ya vienen! ¡Huid! ¡Encerraos en el calor del hogar o corred sin apartar vuestros ojos del suelo! ¡Corred lejos o acabarán por haceros correr junto a ellas y atragantaros con el polvo lunar hasta la asfixia!

Advierten los sabios ancestros del bosque que los astros no son amigos del hombre. Ellas, estrellas invasoras del manto celestial, observan sigilosas a esos pobres diablos mientras duermen…

Y si por un instante tú, insignificante gota de agua en el mar de este planeta azul, te desvelas y quiebras tus sueños o te hayas desprovisto de cobijo, como yo aquí y ahora, dentro del margen de su naturaleza, y acaso osas, en esos nefastos instantes donde te sientes apuñalado por sus destellos punzantes, alzar la vista, cual presa indefensa tras la inmovilidad que te ofrecen tus barrotes, su mirada puede quemarte hasta dejarte ciego. Bien lo saben aquellos que se atrevieron a invocarlas con su poesía llamándolas a gritos.

Pero… ¡Silencio! ¡Ya están aquí! ¡Buscan mi mirada con su terrible resplandor! Y aunque fuerce a mi voluntad a evitarlas por todos los medios, no puedo más que volver, de nuevo, a contemplarlas. ¡Ya me iluminan, doblegándome al dolor de su merced!  Aquí comienza, sin salvación ni palabras de aliento, mi indecible tormento… ¡Oh, por favor, compasión!, ¡compasión! ¡compasión de esta pobre poeta vencida por sus pasiones nocturnas!…

Esther no Existe

 

 

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