PINTURA CALLADA.

 

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La sala le cobijaba pero ella ansiaba más. Las esquinas la manchaban de colores, hacía tiempo que ya no creía en otra cosa que en el gris, pero ahora estaba cubierta de la cabeza a los pies. Se sentó en la lancha, miró hacía abajo, unos centímetros de cristal la separaban de un río que caía desde lo alto de la montaña. El cristal estalló en gotitas de agua que se mezclaron con la pintura ya seca formándole alas en la espalda. Cayó vertiginosamente al río, justo donde nacía y emprendió el viaje montaña abajo. le lloraban los ojos por el viento pero el éxtasis le invadía por completo. Los árboles le pasaban por el lado como armas silbantes que ya no se arrullaban con el viento, más bien gritaban con ella mientras caía. En su descenso vio de refilón una casa en la mitad de la montaña, en ella una chica miraba una mesa vacía, se había roto el jarrón de flores de plástico que lo decoraba y ahora juraba que le costaba respirar. Las paredes eran grises, pero una luz lilacea luchaba por salir a inundarlo todo, a bañar con su mágico color las paredes que antes brillaban y ahora no decían nada. Ella llevaba un pincel en la mano y repasaba cada dos segundos las paredes con otra capa de pintura para que no cantaran más. Le ardía el vientre y quería dejarlo todo tal cual, salir al bosque, correr, saltar el río, volar, pero solo pintaba, una capa tras otras, aquellas vacías paredes que iban engordando a cada pincelada, quedándose más mudas, más ciegas y más mudas.

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