LA HORA DEL TÉ.

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Una niña jugaba en el jardín. Cuando pensamos en un niño jugando, casi siempre nos imaginamos risas, un no parar de correr, saltar y el niño en cuestión hablando solo. Ella hablaba sola, pero no había risas. La niña estaba sentada en una pequeña mesa con cuatro sillas, ella estaba sentada en una y las demás estaban vacías, encima de la mesa había tazas, una tetera, pasteles y comida de plástico. Cristela le hablaba a una de las sillas vacías, refunfuñando.

– ¿Por qué no te vas a jugar fuera, cariño? Eso me ha dicho mi madre. ¡Siempre es lo mismo, Teresa! – Delante de ella una forma oscura empezó a crearse. Parecía una larga túnica negra que sostenía una guadaña, daba la impresión de ser enorme, tenía los brazos extendidos mostrándose todo lo imponente que sabía.

– Teme, oh, mortal. Pues tu alma quedará subyugada a mi hoy y no tendré piedad ni… – La niña lo miraba con curiosidad y desafío a la vez. – Eso, grita ante mi aparición…

– ¿Quién eres? – La niña seguía sentada pero con las manos en la cintura y con intención de regañar. – ¿No te han dicho que no puedes entrar en casas que no sean la tuya? Este es mi jardín. – Dijo la niña con cierto orgullo. – Y esta es mi mesita de té. – Esto lo dijo sin demasiada alegría. – Esta es mi amiga Teresa. – Señaló a la silla vacía.

– ¿Teresa? Pero si es un demonio con un lazo en el cuerno.

– ¿Demonio? No le escuches Teresa, estás muy guapa. – Teresa levantó la cabeza con gesto indignado y le dio la espalda a la muerte. – Mi tía tiene una carta donde sales tú. – Se sentía importante por saber aquello, las demás niñas no tenían tanto conocimiento como ella. – en el tar…taro.. tarom. – Dijo con convicción. – Y todos se asustan, pero yo no te tengo miedo. No tengo miedo a nada. – Terminó con retintín.

– He venido de la más profunda oscuridad a llevarme, oh, ser mortal, tu al… ¿Me estás escuchando?

– ¿Quieres jugar al parchís? Es que a Teresa le apetece jugar al parchís.

– ¡¿Pero a ti que te pasa?! Vengo aquí, hago el esfuerzo de venir en persona, me estudio toda esa perorata que se supone que he de decir, ¡me lo he trabajado! ¿Para qué? ¿Para qué ni te inmutes? ¿Para qué me digas, ven, vamos a jugar al parchís? Para eso no vengo, hay mucha gente muriéndose, ¿Te crees que no tengo trabajo? Nadie valora mi trabajo. ¡Nadie se alegra de verme!

– Ven, siéntate y toma un té. – La niña le echó té invisible en una de las tazas de plástico y se lo acercó. – La muerte se sentó avergonzada.

– Gracias… lo siento. No quería ponerme así, ha sido poco profesional.

– Mi mamá también viene a veces enfadada del trabajo. – La muerte bebió del té invisible de la niña, e intentó relajarse un poco. A los pocos minutos empezó a sentir que se ahogaba, apenas podía mover el brazo derecho de la túnica y la guadaña se le cayó al suelo. Miró a la niña con pavor, no tenía ojos, solo oscuridad dentro de una túnica, pero desprendía miedo por todas partes.

– Mi mamá dice que te llevas gente, y también dice que no me vaya con desconocidos.

– ¿Has envenenado el té?

La madre llamó a la niña para ir a comer, ella se levantó y se fue corriendo dando saltitos, Teresa lo miró compasiva y se le acercó, con una voz que sonaban a muchos gritos a la vez, le dijo.

– Tranquila, aquí no se está tan mal.

ZXM

“Escribo en esta hoja de libreta pues creo firmemente que es imposible que me espíen por aquí. Sé que han estado siguiéndome últimamente, pues estoy en posesión de la verdad. La única y espeluznante Verdad. Lo dejaré aquí escrito por si me matan, pues creo que me están drogando a través de la comida cada vez que me despisto para poder matarme poco a poco.

Lo vi todo claro hace poco, já, ¡es tan simple! No tan clara como la de las naranjas con ombligo pero… Lo vi todo claro un día mientras calentaba mi comida en la oficina. El plato giraba y giraba, calentándose, mientras le daba la luz, y lo vi. Es el mismo mecanismo. ¡La tierra está dentro de un microondas! La tierra gira y se va produciendo el calentamiento global que no es otra cosa que la tierra cocinándose. ¡Nosotros no crecemos, nos cocinamos! ¿Cómo no lo hemos visto antes?”

Alzó la mirada de la libreta y la posó en unos hombres que charlaban animosamente cerca de él. Estaba sentado esperando el autobús que iba con retraso. Desde hacía un tiempo cada día cogía uno diferente para volver a casa. Pasó la hoja nerviosamente y escribió pulcramente.

“Lista de la compra:

  • Yogur.
  • Café.
  • Mermelada.”

Levantó la vista, los hombres habían pasado de largo y doblado la esquina. Volvió a la página anterior.

“Intentan averiguar lo que escribo, pero ya los tengo calados, se quiénes son. Sus movimientos no me engañan, aunque he de decir que actúan muy bien. Ayer atrapé a uno de ellos revisando mis papeles. Ella afirmó rotundamente ser la mujer de la limpieza, pero vi una sonrisa asomar por sus labios cuando se fue. “

Se subió al autobús y guardó la libreta en la mochila que llevaba. Un hombre se sentó a su lado y apretó más fuerte su mochila contra el pecho. Nunca habían intentado acercarse a él tanto. Lo miró de reojo y le pareció que el hombre apartaba la vista de él rápidamente, pero lo había pillado: era uno de ellos seguro.

Se bajó en la siguiente parada y el hombre también. Aceleró el paso mirando constantemente hacia atrás. Le estaba siguiendo. Apenas podía pensar en nada más que correr. Aceleró más el paso y se escondió en un callejón. Esperó a que el hombre pasara de largo y, cuando salió, no había indicios de él por ninguna parte.

Llegó a casa y saludó a su gato. Le puso comida y se sentó en su escritorio.

“Mañana propagaré la información, todo el mundo podrá saber la verdad y exigir respuestas. Les enviaré cartas a todos, lo contaré en las calles. Casi me apena que no puedan hacer nada más para pararme.”

Escuchó un ruido en la cocina, no levantó la vista pues supuso que era el gato, pero un ruido a su lado le hizo levantarse de golpe. A su lado estaba el gato con los pelos erizados y gruñendo.

EL CLON

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Parecía que el mundo entero se había vuelto loco. ¿Por qué tanto revuelto? Solo había aterrizado una nave espacial. Encendió la televisión para ver las noticias sobre aquello. Al principio lo miró con indiferencia, al poco no podía apartar la mirada de la televisión. Los seres que bajaban de la nave no se parecían a nada a como él se había imaginado a un extraterrestre, seres verdes, con garras y dientes afilados, babosos, grandes y muy inteligentes; a diferencia, todos eran clones suyos. Eso le perturbó y no sabía muy bien cómo reaccionar. Salió a la calle a airearse, todos con los que se cruzaba le señalaban con terror. El echó a correr e intentó huir todo lo lejos que pudo. Cuando giró la cabeza un montón de clones suyos lo seguían, de repente el mundo se acabó. Ante él, no había más camino, sólo un precipicio que daba al universo, se giró y miró a los clones. En silencio, se estaban deshaciendo, dejando solamente varios montones de arena blanca.

Se despertó empapado en sudor, casi saltó de la cama y miró a todas partes. Estaba en su cuarto, sólo había sido un sueño. Se sentó en la cama con un sentimiento desagradable en el pecho, algo lo tenía muy inquieto y no era sólo el soñar con él mismo. Döden, su perro, se acercó a él y le pidió mimos. Estuvieron un rato los dos estirados en la cama en silencio y luego salieron a pasear. Iba tan concentrado en sus pensamientos que no se fijó en nada hasta que se chocó con alguien. Levantó la mirada más mecánicamente que porque lo sintiera, para disculparse, aún perdido en sus pensamientos y se vio a él mismo.

Miró a su alrededor, todos eran él. Le entró pánico pero no corrió, nadie le miraba extraño, todos seguían haciendo sus cosas tranquilamente. Hablando entre ellos, paseando o caminando apresurados con caras de preocupación. Los miró con atención y se preguntó si todos eran él, o era él, al fin y al cabo, todos.

EL JARDÍN DE LA ABUELA

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¡Plung, plonc, bang! Mi caballo es el más súper rápido de todos, ¡toma monstruo! ¡Soy el caballero más fuerte! Oh, no, el monstruo Papá está otra vez en la entrada de mi cueva, y es mega fuerte, le tiraré una flecha.

– ¡Marcos! Estoy trabajando, ahora no puedo jugar contigo. No me tires bolígrafos.

El monstruo se ha enfadado, es el momento de huir. Es el momento de robar el gran tesoro de la cueva fría. El gran tesoro de chocolate de la bruja Mamá. La bruja Mamá está comprando para las pociones malvadas, pero ella me engaña diciendo que son comidas y que me lo tengo que comer todo para ponerme muy grande y fuerte. ¡Ecs!, esa que llama “espinacas” está muy muy mala.

Me he escondido debajo de mi cama para comerme el tesoro pero la bruja Mamá ha llegado y me ha encontrado, se ha enfadado conmigo y me ha derrotado. Casi corro más deprisa que ella, pero me ha alcanzado y me ha castigado de cara a la pared. ¡Jo!, he de buscar un escondite mejor.

Ahora vamos a casa de mi yaya que vive en un castillo muy grande con un bosque que da mucho miedo detrás. Mi mamá dice que vive en una casa de payés y que por eso tiene tantos animales pero yo sé que en verdad es un castillo y que ella es la reina. Cada vez que vamos me cuenta una historia y yo le ayudo a seguirla, me lo paso muy bien con ella. Dice que cuando se vaya me dejará el castillo para mí solito, pero yo prefiero que vivamos los dos juntos para siempre, y contemos muchos cuentos más.

Las estrellas del jardín de mi abuela se van encendiendo una detrás de otra, mi mamá siempre me dice que no son estrellas, que son lamparitas que tiene mi yaya porque le gusta ir a pasear cuando anochece, pero yo no me lo creo porque yo sé que ella es un hada muy poderosa y que tiene estrellas para ella sola. Yo sigo las estrellas que van entrando al bosque encantado detrás del castillo mágico de mi abuela y voy hablando con los gnomos, los duendes y todas las criaturas que hace mucho que no veo. Ellos me cuentan que la malvada pantera Mirsifús ha estado por allí secuestrando mariposas y pájaros, un día lo vi yo. Estaba escondido y Mirsifú saltó muy alto, y… ¡agrm!, ¡se comió a un pájaro!

Me han pedido ayuda porque saben que soy un caballero muy fuerte, y vamos a ir a luchar contra ella. Nos hemos hecho unas espadas mágicas con unos troncos que un mago nos ha dejado y hemos ido a luchar.

He llegado a la zona más oscura del bosque, esa me da un poco de miedo, y muchas veces llamo a la bruja o al monstruo para que me enciendan una estrella o un sol y poder ver. Hemos ido todos en grupo para enfrentarnos juntos,; por el camino casi nos caemos a un gran lago pero como llevábamos puestas las botas mágicas de lluvia lo hemos saltado. Ha sido muy divertido porque hemos saltado hasta mover toda el agua y el hada Margarita se ha mojado mucho. Espero que mi mamá no me regañe por mojarla a ella y a mi pantalón.

Luego hemos seguido un camino y hemos peleado con unos bichos malvados, he pasado un poco de miedo porque uno me ha seguido, pero he conseguido despistarlo. En un momento he escuchado un ruido y me he acercado, tenía la espada mágica cogida muy fuerte y ha salido el monstruo Papá.

– ¡Que te como! – ha gritado; y yo he corrido muy rápido hacia él y le he saltado encima.Él ha gritado de miedo y yo he volado un rato corriendo con el monstruo derrotado.

El monstruo me ha contado muchas cosas del bosque, a veces nos peleamos y a veces somos muy amigos.

Hemos escuchado unas ramas moviéndose y nos hemos acercado cogidos de la mano porque yo tenía un poco de miedo. En la oscuridad, a lo lejos, vimos unos ojos amarillos gigantes.

 

DE MICRORRELATOS VA LA COSA.

GROTH

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Groth rugió con más ira y escupió más fuego. Encerrado hacia siglos en aquella prisión de tierra, luchaba por salir. Sentía cada día más presión que le empujaba hacia adentro, que le apagaba más y con la que apenas podía ni gritar, pero no se iba a rendir. Volvió a gritar más fuerte y escupió toda la ira que pudo. Las paredes comenzaron a temblar, rocas caían del techo hiriéndole, pero él no se dejó callar, gritó toda la ira que había almacenado con los siglos, gritó toda su soledad y toda la injusticia que sentía, gritó hasta que le ardió el pecho, ya podía ver el cielo a través del agujero que se había formado en el techo, oía gritos lejanos de horror. Volvió a gritar y escupió el resto de esperanzas que le quedaban, el agujero fue haciéndose más grande, y los gritos cada vez más fuertes, cada vez más voces se unían al pánico exterior. Con un último grito escupió sus últimas fuerzas y su temor, toda su opresión y fue apagándose un poco, fundiéndose con las paredes, calentando todo a su paso, fue acercándose al cielo que veía tan a lo lejos, acercándose a los gritos, quería atraparlos, esconderlos, apagarlos para siempre como casi habían conseguido con él, quería hacerlos eternos, unos gritos silenciosos que siempre se escucharían en el vasto silencio que iba a crear de ceniza.

GOLPE A GOLPE, VERSO A VERSO

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No supo cuando había empezado a esconderse de sí mismo, lo había metido todo dentro de una fortaleza de excusas y procrastinación tan fuerte que ni él mismo sabía qué hacer, hasta que se cansó y golpe a golpe, verso a verso, fue rompiendo todos los muros que no le dejaban verse a sí mismo.

EL CHAMÁN

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Unos ojos verdes, otros marrones y azules. En varios frascos, guardados en formol. Dentro de la cabaña, al lado de las plantas que huelen raro, al lado de los dientes de ajo y los collares de madera estaban los frascos con los ojos. El chamán siempre asustaba a los niños con esos frascos, pero la verdad es que a él también le daban respeto. Por las noches, antes de ir a dormir, giraba los frascos para que miraran en otra dirección, pero seguía teniendo la sensación de que le miraban. Sentía que esos ojos podían mirar en su interior, y sabían presente, futuro y pasado. Intentaba no pensar en secretos muy destructivos cuando pasaba delante de esos ojos, nada que le delatara, y acababa pensando en sus peores recuerdos. Sin pensar que, a fin de cuentas, esos ojos que tanto le atemorizaban, no eran más que eso: ojos en formol.

CRISIS CREATIVA.

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Todo en su cuarto vibraba con una extraña presencia. Apretó los ojos. “Todo es obra de tu imaginación, siempre igual, nunca me dejas descansar” pensó. Pero sentía una energía cada vez más cerca, casi rozándole, y algo mirándole casi a un palmo de su cara. Se apretó más a sus sábanas y abrió un ojo. Unas llamas encerradas en dos bolas de cristal le miraban pegadas a lo que parecía una cara. Gritó y empujó con todas sus fuerzas a la criatura que tenía delante, pero no se movió ni un centímetro en cambio, la agarró como un saco de patatas, luego la tiró hacia una esquina de su cuarto, y en vez de caer sobre el suelo duro, no sintió nada que la frenara. Tuvo la sensación de caer durante horas antes de aterrizar en algo blando, vio bajo suyo un espacio indefinido cubierto de lo que parecían colchones viejos.

– Espera, espera… ¿Colchones? – Dijo ella mirando hacia arriba.

– Tengo sueño, ¿vale? – Le contestó una irritada escritora. – Además tu historia ya me está aburriendo.

Todo en su cuarto vibraba con una extraña presencia. Apretó los ojos. “Todo es obra de tu imaginación, siempre igual, nunca me dejas descansar” pensó Pero sentía una energía cada vez más cerca, casi rozándole, y algo mirándole casi a un palmo de su cara. Se apretó más a sus sábanas y abrió un ojo. Unas llamas encerradas en dos bolas de cristal le miraban pegadas a lo que parecía una cara. Antes de que pudiera hacer nada unas garras se le clavaron en el cuello y toda la cama se llenó de sangre.

– Yo no querer hacer esto. – Protestó la bestia enfadada. – ¿Por qué yo no poder jugar con ella?

– ¿Qué os pasa a todos hoy? ¡Dejadme escribir tranquila!

– Pero si yo jugar todo ser más divertido, ¿no? Y así yo tener amigos ¿no? Nunca poder hacer amigos, siempre matar, romper, siempre malo, ¡yo no querer más eso!

– No, tú eres una bestia solitaria y mortífera.

– Siempre ser igual. – La bestia enfadada dio un golpe contra la cama y el cuerpo desangrándose aún cayó al suelo manchándolo todo.

– ¡Ya me has destrozado la imagen! pues tú tampoco apareces en la historia.

Se veía una calle solitaria, no se sentía ni el más mínimo murmullo. Todo estaba en calma pero al fondo se veía a un hombre tirado en el suelo, muerto.

– ¡Eh! ¿Quién ha matado a ese hombre? ¡Se suponía que pasaba en un rato, primero tenia que explicar la historia!

– Me ha insultado, a mí y a mi familia, y todos por aquí saben que conmigo nadie se mete. – Un vaquero estaba sentado en un porche sacando brillo a un revólver.

– Me da completamente igual con quién se ha metido o dejado de meter, ese hombre aún no debería estar muerto.

– A veces eres demasiado quisquillosa, ¿no? Pues mira, di simplemente que un vaquero fuerte y guapo lo mató por honor.

– Pero eso no es una historia ni es nada, ¿no te dije que salíais, os peleabais, él gritaba y entonces le matabas?

– Se… pero tardabas mucho. – Escupió a un lado y miró hacia arriba con fingida indiferencia.

– ¡Pues a ti también te borro!

En aquel enorme prado habían muerto muchos inocentes, los vikingos habitaban allí desde hacía cientos de año, eran sanguinarios, nada les paraba, en aquel enorme prado unos vikingos tomaban tranquilamente un té.

– No me jodáis… ¿Qué hacéis?

– Hallo! Wie…

– Nonono, vosotros tenías que estar matando a gente, ¿Qué hacéis?

– Tomar té, relaja bastante, ¿Quieres? Te vemos tensa.

– Vale, pues ya no escribo más hoy, cuando queráis hacerme caso hablamos, ala, tomad té, tu reina loca, sálvale la vida a alguien, y el bueno que mate a alguien, anda. Otro día ni empiezo a escribir. Adiós.

C’EST FINI.

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Por la cabeza le pasaban miles de imágenes, algunas muy lejanas, otras muy cercanas. Se iban sucediendo una detrás de otra mientras un ruido de fondo le resultaba muy conocido. Clac. Clac. Clac. Y las imágenes pasaban.

Clac. Se veía a él de pequeño con un flotador en la cintura y unas gafas de bucear, llevaba un ridículo bañador de patos. Recordaba esa imagen, era de cuando su madre, harta de tener que desenredarle los rizos, había optado por raparlo al cero.

Clac. En la nueva imagen, se veía a él en su adolescencia sentado en una butaca con el pelo rizado, oscuro y todo enredado que le llegaba por el pecho. Reposando sobre las piernas tenía una libreta donde apuntaba sus ideas de canciones e historias.  A su derecha se veía su B.C Rich y entre las manos tenía la cámara de video que le habían regalado sus padres.

Clac. Él, vestido con una túnica larga y birrete, sonreía enseñando un diploma. A su lado, una chica sonriente le abrazaba cariñosamente por al cintura y con la otra mano sostenía su diploma. Era más bajita que él, con el pelo corto y rubio, llevaba un vestido rojo, la túnica abierta y su birrete. Recordó que esa fue la última vez que la vio, poco después le citó en una cafetería y entre excusas y mirando nerviosa para los lados, le confesó que sentía mucho aprecio por él pero que no era su tipo. ¿Dos años has tardado en darte cuenta? Se preguntó para sí, incapaz de decirlo en voz alta. Al tiempo se enteró que le había dejado por otro que le hacía más regalos que él.

Clac. Estaba en la puerta de una empresa, de traje y corbata. Su primer trabajo. Su pelo ya le llegaba por la cintura. Aún no había superado el trauma que le quedó cuando su madre le rapaba de pequeño y, en un pequeño acto de rebeldía interna, decidió no cortárselo jamás.

Entonces recordó a qué le sonaba el incesante clac. Recordó las mañanas eternas de clase, donde, entre la aburrida perorata de la profesora Rosario, cada clac le acercaba un poco más al timbre de salida.

Las imágenes fueron alejándose dejando paso a la incertidumbre. Estaba encima de un gran escenario, en el patio de butacas, muchos hombres con monóculo, bigote blanco y smoking aplaudían a rabiar, sonrientes. Algunos reían a carcajadas y otros silbaban. Se dio la vuelta y detrás suyo seguían pasándose fotos suyas. No comprendía qué estaba pasando. El público seguía aplaudiendo y él se sentía el centro de todas las miradas, eso nunca le había gustado.

Por su derecha entró al escenario un hombre con ropa informal, pero se veía claramente que había pasado horas arreglándose. Tenía gomina en el pelo y sonreía con los dientes más blancos que jamás había visto.

– Vamos, ¡aplaudan más fuerte a Germán! Hola Germán, ¿Cómo te sientes? menuda vida has tenido ¿eh?

Germán cada vez estaba más desconcertado, ¿Cómo sabía ese hombre su nombre? ¿Cómo que menuda vida?

– ¡Uy! No parecías tan tímido en pantalla, ¿sientes que te ha quedado algo por hacer?

– No entiendo qué pasa, ¿Quién es usted? ¿Qué… qué hago en el escenario…? ¿Qué?

Comenzó a enredarse, no sabía ni qué quería preguntar, le venían demasiadas preguntas que hacer.

El presentador tan sonriente como siempre, miró al público y se unió a la carcajada general.

-Me parece Germán, que no te das cuenta de donde estás. Estás en lo que en tu película llamabais “El cielo”. Pero tu película ha acabado y aquí estás. Menuda vida… A todos nos ha encantado.

-Me intentas decir que estoy… mue… – No podía pronunciar esa palabra.

Detrás de ellos unas luces de neón se encendieron. “C’est fini” ponía en las luces amarillas parpadeantes.

Después de una larga entrevista sobre las hazañas de su vida, recordando momentos que él había decidido olvidar y otros que había olvidado sin querer, le hicieron pasar detrás del escenario. Allí, en un camerino, se sentó en un gran sofá de color marrón café ante un hombre vestido de blanco, con un cabello largo recogido en una coleta, que le dijo con una sonrisa en la cara.

– Como habrá supuesto, ha muerto. El público ha fascinado con su historia, enhorabuena. Aunque casi siempre se fascinan con la historia de todo el mundo.

Germán se frotó la frente casi sin comprender.

-Es decir… que todos esos señores… ¿han visto toda mi vida? – Una verguenza no tan ajena lo invadió.

-Así es. – El hombre seguía sonriendo, eso le molestaba bastante tratándose de un tema tan delicado.

-Y, maldita sea, ¿Por qué te aplauden señores de traje cuando mue..? – Seguía sin poder decir esa palabra.

-Hombre, ¿no es bonito que te aplaudan después de hacer las cosas? Creo que así la muerte se lleva mejor. Ya es bastante duro enterarse de que has muerto. Si os recibimos con un aplauso, está comprobado que os lo tomáis mejor.

Germán estaba comenzando a pensar que se estaba volviendo loco. Había muerto y ahora estaba en un camerino. El no creía que hubiera vida después de la muerte. Como mucho, veía posible una reencarnación. El cielo siempre lo había imaginado con muchas nubes, gente de blanco, felices y cursis que cantaban cogidos de la mano. Ni por asomo un escenario en el que te aplaudieran después de morir.

Después de haber recordado toda su vida, no le parecía tan importante como para que le aplaudieran de aquella manera, más bien le parecía una mala comedia en la que al protagonista, en ese caso él, solo le pasaban cosas tristes, que para los demás siempre parecían graciosas.

– Bueno, y como imaginarás, estar aquí no es gratis.

– ¿Perdón?

– Que has de hacer unos… trabajitos, ya sabes… ¿Qué tal se te da aplaudir?

– No creo que a nadie se le de mal.

– No te creerías lo que llegamos a ver por aquí.

Acto seguido se levantó y con un gesto de la mano le indicó una dirección. Se levantó y la siguió. Salieron fuera y se acercaron al patio de butacas, en la última fila había una butaca sola.

– Es tu sitio.

– ¿Tendré que pasarme la eternidad aplaudiendo?

– Esa es la idea, te aplauden, aplaudes, y así va el ciclo.

– ¿Y si me niego?

– Digamos que aplaudir es la mejor de las opciones, pero puedes probar a ver que pasa.

Germán se miró las manos y aplaudió.

– Parece que se aplaudir.

Y allí pasó la eternidad, o no, pues desde el escenario todas las caras parecen iguales, y en el no parar de aplausos alguien puede intentar huir por la salida de emergencias.