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SINSENTIDOS.

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Nos partimos por dentro y dejamos que llueva, que humedezca las ramas más secas y escondidas. ¡Qué broten unas nuevas! ¡Que caigan mil rayos! ¡Tiremos la balanza al suelo y empecemos con los saltos! ¿Viva la vida y arriba el amor? ¡Si ya todo está acabado! ¡Mira! Ya entran las dunas y la arena lo entierra todo. Corramos y dejemos plantada la bandera en medio del huracán.


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El círculo de la comedia empezó, todos empezaron a reír. Trágicamente, uno de los asientos se descolgó y acabó mirando hacia el cielo. Allí vio la libertad. Todo se extendía ante ella ahora, cuando antes, en ese círculo, no podía ver más que comedia, comedia y comedia. Se levantó y sintió como las luces de unos barcos la llamaban desde lejos. Se fue acercando, sentía que debía meterse en el mar, nadar lejos de todo aquello, pero algo la paró. Se paró al sentir el agua rozando sus pies. Alzó la mirada y vio el paisaje, una carcajada le subió por la garganta y se escapó por sus labios, pues  todo encajaba perfectamente y tenía sentido, todo era una pintura. Una pintura que se movía a nuestro alrededor, escondiéndose en forma de paisaje. Volvió a observar el paisaje, la luna, roja, encajada en la esquina derecha, sonriente, donde antes no había nada, donde solo había vacío.

Necesitaba encajar ese momento en algún recoveco de su cuerpo, sin ese pedazo ya no sabía cómo encajar nada. Corrió, se alejó para poder grabarlo en su ser y que quedara constancia, que no cayera en el olvido pero al volver… todo se desmoronó. El paisaje ya no era el mismo, todo estaba tapado, nublado, y no encajaba. Se volvió, triste, al círculo de la comedia, donde todo era comedia, donde solo habían risas.

Volvió una última vez. Necesitaba encontrar la manera de poder encajarlo, las piezas se rompían, se caían sin nada que las juntara. Esta vez estaba más claro, sabía qué había que hacer. La pintura que antes simplemente estaba plasmada ante ella, sin pertenecerle lo más mínimo, ahora estaba bien guardada en su memoria, escondida entre pedazos  de recuerdos diarios que no tenían sentido pero llenaban ese vacío. Y se rió, se rió muy fuerte pues la comedia estaba en todas partes, pero si te fijabas, podías ver claramente las pequeñas grietas que dejaba para que pudieras salir.

TRAZOS REBELDES.

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Lo compró en una pequeña tienda, en un callejón que no volvió a encontrar. “Lo típico.” le decían todos cuando se quejaba. Era un bolígrafo más bien feo, no tenía nada de especial pero algo dentro de ella le obligó a comprarlo.

Dibujaba para distraerse en el margen de sus apuntes, sin darse cuenta de que todos sus garabatos desaparecían cuando giraba la página. Un día, inspirada, dibujó una criatura extraña: tenía cuerpo de pulpo y cabeza de perro. Dejó la libreta abierta y fue a por una taza de café. Al volver, la criatura corría por su escritorio. Se le cayó la taza al suelo y corrió ella también fuera de la habitación asustada. Cuando se tranquilizó fue a por un vaso y la atrapó.

–  ¿Qué eres? – Pero la criatura no le contestó, lo único que le parecía escuchar era un ladrido ahogado. La miraba quieta, sentada en el centro de la jaula hecha por el vaso.

Volvió a mirar al papel e hizo una prueba, esta vez dibujó un muñeco palo, se lo quedó mirando y vio como poco a poco se fue despegando del papel.

– ¿Qué eres? – Volvió a preguntar.

– Basándome en los hechos. – Dijo con aires de intelectual. – Parece que soy una creación tuya. – Se miró el cuerpo. – A simple vista no pareces tener un don especial para el dibujo.

– Un poco de respeto, ¿no? O te borro la boca. ¿Por qué has salido de la hoja?

– ¿No lo has hecho intencionadamente? Permíteme decirte que esperaba una creadora un poco más suspicaz la verdad y…

Ella lo cogió y se lo puso delante de la cara

– Si no vas a aportar nada que sirva de ayuda mejor cállate.

Miró la libreta pensativa y cogió un lápiz. Después de media hora tenía un dibujo de algo parecido a un unicornio y lo miraba con emoción.

– Siempre he querido tener uno. – Le dijo al muñeco palo.

Pero no cobró vida. Probó a hacer un garabato más simple con el lápiz pero tampoco funcionó y acabó por mirar con suspicacia al bolígrafo. Lo miró de cerca.

– ¡Pero si no me costó ni un euro! – Protestó. – A veces hasta se queda sin tinta a mitad de las frases y ahora resulta, ¿que hace que mis dibujos cobren vida?

– Si se puede llamar dibujo a… – Se calló al ver su mirada.

– ¿Y ahora qué hago yo con esto? Podría venderlo a la televisión, ¿no? Podría venderlo por varios millones…

– Podrías crear un ejército y dominar el mundo. – Dijo el muñeco.

– ¡podría crear una horda y conquistar el mundo!

Los días que siguieron apenas se la vio. Compró rollos de papel enormes por internet y se pasó el resto de días dibujando frenéticamente. Cuando volvió a salir a la calle iba seguida por cientos de muñecos palos gigantes. El primero que creó iba sentado en su hombro.

– Yo no me quiero meter, pero estos… secuaces tuyos no imponen nada.

Varios de ellos cojeaban pues tenían las piernas dibujadas desiguales y muchos de ellos tenían expresiones extrañas en la cara.

– ¡Compañeros! – Gritó ella. – Acercaos y escuchadme. Os he creado para conquistar juntos este mundo, ¡acabaremos con todo y yo me quedaré con las casas con piscina! – Esperó que la vitoreasen pero nadie dijo nada.

– ¿Las casas con piscina? ¿Esa es tu idea de conquistar el mundo? ¿Nada de esclavos, empezar a ver las cosas de otra manera, días negros y llenos de terror? – Dijo uno de los muñecos.

– Eso, eso, ¿nos has traído a aquí para eso? Pues vaya… – se notaba la desilusión en su voz.

– Espera, déjame a mí. –Le dijo el muñeco pequeño que aún estaba sentado sobre su hombro. – ¡Hermanos, escuchadme! Ella os ofrece piscinas, os quiere destruir, ¡sois de papel! – Hubo un grito indignado entre la multitud. – ¡pero seguidme a mí y tendréis más! Tendréis colores buenos, sitios sin humedad para vivir, ¡y sin luz solar! – Se empezó a escuchar un barullo de aprobación entre la masa. – Yo os digo, ¡encerrémosla en su casa! ¡Raptemos a un buen dibujante y que nos restaure! Estarán todos bajo nuestro poder.

– ¡No podéis hacer eso! ¡Yo os he creado!

– Y no te guardaremos rencor por ello, pero ahora ha llegado nuestra hora.

ALTER EGO.

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No podía soltar el bolígrafo. Rayó la mesa, el suelo, las paredes, todo lo que le rodeaba. Salió a la calle y continuó escribiendo. Escribiendo, escribiendo, por el arcén, por la carretera, en el paso de cebra y en los anuncios. El bolígrafo lo tenía dominado y no deseaba pararse. Tenía que sacar todo lo que tenía dentro, todo lo que le llenaba. Aún cuando si se paraba a pensar se sentía vacío, hueco, no encontraba nada que sacar. Por eso dejaba que el bolígrafo se moviera solo y le dijera qué escribir, qué decir y cómo.

La gente ni lo miraba, pasaban de largo sin prestar atención a nada. Él escribió y escribió hasta llegar a una colina. Allí se tumbó agotado. Se estaba poniendo el sol. Se sentó y se abrazó las piernas con los brazos, esperando, alguien llegaría. Empezó a ponerse nervioso sin saber por qué. Se escucharon unas pisadas que se acercaban, no se giró para ver quién era, ya lo sabía, estaba acordado de antemano. Se sentó a su lado y ambos guardaron silencio, disfrutando de la energía cambiante que pasaba del miedo a la calma.

– Pensé que darías más miedo. Pero eres muy bella.

– No todos dicen eso, solo los que llegan a mí en calma.

– Yo estoy preparado, caminemos juntos.

– ¿No tienes miedo? No es malo sentirlo, todos lo sienten ante mí aunque muchos lo nieguen. Todos temen a la muerte, a la oscuridad, al dolor, y yo soy un poco todo ello. Teme pues, yo no te voy a juzgar, solo tú puedes hacerte eso. Nunca lo he entendido.

– ¿El qué?

– Juzgaros, a vosotros mismos. Es normal tener miedo, huir del dolor, no ver en la oscuridad y no saber qué sendero seguir ante todos los que van apareciendo por el camino. En cambio, rechazáis todo eso llamándolo debilidad y veneráis lo que concebís como valentía. Pero todo está dentro de vosotros y sale sobre todo cuando me veis venir.

Él se quedó pensativo y callado. Aún resonaba por encima de ellos el eco de su voz. La soledad lo miró a los ojos. Desde hacía un rato algo lo carcomía por dentro. Es verdad que se había acercado sereno, tranquilo, pero ahora una duda se asomaba por los ojos de la soledad y él la percibía como suya.

– ¿Tienes miedo? – Le preguntó él a ella.

– Solo puedo alimentarme del vacío de los demás, de su dolor. Muy pocas veces me alimentan con una sensación de calor, de abrazo y cariño, pues los que más frenéticamente me buscan, más tardan en encontrarme.

– Eso no tiene sentido, si quieres estar solo, lo estás.

– ¿Eso crees? La gente confunde lo que quiere, juegan con ellos mismos, sin saberlo. Piden algo y al momento cambian de opinión, pero su mente sigue buscando lo primero que pidieron, tardan golpes y golpes en darse cuenta de que no era exactamente lo que buscaban, y que hacía mucho tiempo que lo sabían. A veces siguen, por costumbre, quizás.

– Pero yo no tengo miedo.

– ¿Cuánto más vas a engañarte?

Y la oscuridad lo llenó todo, el silencio inundó sus sentidos y solo su mente, sin cuerpo, flotando.

PINTURAS ENTRE VERSOS.

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Se difuminan mis contornos

Como acuarelas y agua

Tu música es el agua

Que deshace mis límites

Me expando en el espacio

Como la luz en el universo

Y como una hoja seca

Viajo en las alas del otoño

Suave brisa blanca

Me lleva de mi centro hasta tu alma.

¿Y si te encuentro?

¿Y si nunca te encuentro?

Porque entre más me encierro

Más te alcanzo

Y entre más miro a dentro

Con más claridad contemplo

No sé si me da más miedo perderte o alcanzarte

Es como el aire

El exígeno que te da vida

Es el arma que la quita.

     Daniela Joya.

 

 

Dos gotas de acuarela caen sobre mi hoja en blanco y ahí empieza todo. Las líneas se expanden y crezco, comprendo, aprendo. Dos líneas paralelas me dividen y con la vibración de la música se evaden hasta que no queda nada. ¿Dónde quedo yo, en todo este torbellino que me remueve? ¿Dónde quedas tú, detrás de toda esa pintura que te tapa y no te veo? Las sombras crecen y ya no veo nada, te has fusionado con ellas. Solo quedan las últimas notas para seguir el camino, para no perderme. Ellas sostienen el puente, y camino, corro, salto, al compás que se va extinguiendo. Solo quedo yo entre la pintura, entra las sombras, entre las últimas notas que vibran y me remueven, entre las últimas notas que me evocan un momento que vendrá. Entre las últimas notas que me guían y que pronto se extinguirán.

Jess Domínguez.

LA HORA DEL TÉ.

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Una niña jugaba en el jardín. Cuando pensamos en un niño jugando, casi siempre nos imaginamos risas, un no parar de correr, saltar y el niño en cuestión hablando solo. Ella hablaba sola, pero no había risas. La niña estaba sentada en una pequeña mesa con cuatro sillas, ella estaba sentada en una y las demás estaban vacías, encima de la mesa había tazas, una tetera, pasteles y comida de plástico. Cristela le hablaba a una de las sillas vacías, refunfuñando.

– ¿Por qué no te vas a jugar fuera, cariño? Eso me ha dicho mi madre. ¡Siempre es lo mismo, Teresa! – Delante de ella una forma oscura empezó a crearse. Parecía una larga túnica negra que sostenía una guadaña, daba la impresión de ser enorme, tenía los brazos extendidos mostrándose todo lo imponente que sabía.

– Teme, oh, mortal. Pues tu alma quedará subyugada a mi hoy y no tendré piedad ni… – La niña lo miraba con curiosidad y desafío a la vez. – Eso, grita ante mi aparición…

– ¿Quién eres? – La niña seguía sentada pero con las manos en la cintura y con intención de regañar. – ¿No te han dicho que no puedes entrar en casas que no sean la tuya? Este es mi jardín. – Dijo la niña con cierto orgullo. – Y esta es mi mesita de té. – Esto lo dijo sin demasiada alegría. – Esta es mi amiga Teresa. – Señaló a la silla vacía.

– ¿Teresa? Pero si es un demonio con un lazo en el cuerno.

– ¿Demonio? No le escuches Teresa, estás muy guapa. – Teresa levantó la cabeza con gesto indignado y le dio la espalda a la muerte. – Mi tía tiene una carta donde sales tú. – Se sentía importante por saber aquello, las demás niñas no tenían tanto conocimiento como ella. – en el tar…taro.. tarom. – Dijo con convicción. – Y todos se asustan, pero yo no te tengo miedo. No tengo miedo a nada. – Terminó con retintín.

– He venido de la más profunda oscuridad a llevarme, oh, ser mortal, tu al… ¿Me estás escuchando?

– ¿Quieres jugar al parchís? Es que a Teresa le apetece jugar al parchís.

– ¡¿Pero a ti que te pasa?! Vengo aquí, hago el esfuerzo de venir en persona, me estudio toda esa perorata que se supone que he de decir, ¡me lo he trabajado! ¿Para qué? ¿Para qué ni te inmutes? ¿Para qué me digas, ven, vamos a jugar al parchís? Para eso no vengo, hay mucha gente muriéndose, ¿Te crees que no tengo trabajo? Nadie valora mi trabajo. ¡Nadie se alegra de verme!

– Ven, siéntate y toma un té. – La niña le echó té invisible en una de las tazas de plástico y se lo acercó. – La muerte se sentó avergonzada.

– Gracias… lo siento. No quería ponerme así, ha sido poco profesional.

– Mi mamá también viene a veces enfadada del trabajo. – La muerte bebió del té invisible de la niña, e intentó relajarse un poco. A los pocos minutos empezó a sentir que se ahogaba, apenas podía mover el brazo derecho de la túnica y la guadaña se le cayó al suelo. Miró a la niña con pavor, no tenía ojos, solo oscuridad dentro de una túnica, pero desprendía miedo por todas partes.

– Mi mamá dice que te llevas gente, y también dice que no me vaya con desconocidos.

– ¿Has envenenado el té?

La madre llamó a la niña para ir a comer, ella se levantó y se fue corriendo dando saltitos, Teresa lo miró compasiva y se le acercó, con una voz que sonaban a muchos gritos a la vez, le dijo.

– Tranquila, aquí no se está tan mal.

ZXM

“Escribo en esta hoja de libreta pues creo firmemente que es imposible que me espíen por aquí. Sé que han estado siguiéndome últimamente, pues estoy en posesión de la verdad. La única y espeluznante Verdad. Lo dejaré aquí escrito por si me matan, pues creo que me están drogando a través de la comida cada vez que me despisto para poder matarme poco a poco.

Lo vi todo claro hace poco, já, ¡es tan simple! No tan clara como la de las naranjas con ombligo pero… Lo vi todo claro un día mientras calentaba mi comida en la oficina. El plato giraba y giraba, calentándose, mientras le daba la luz, y lo vi. Es el mismo mecanismo. ¡La tierra está dentro de un microondas! La tierra gira y se va produciendo el calentamiento global que no es otra cosa que la tierra cocinándose. ¡Nosotros no crecemos, nos cocinamos! ¿Cómo no lo hemos visto antes?”

Alzó la mirada de la libreta y la posó en unos hombres que charlaban animosamente cerca de él. Estaba sentado esperando el autobús que iba con retraso. Desde hacía un tiempo cada día cogía uno diferente para volver a casa. Pasó la hoja nerviosamente y escribió pulcramente.

“Lista de la compra:

  • Yogur.
  • Café.
  • Mermelada.”

Levantó la vista, los hombres habían pasado de largo y doblado la esquina. Volvió a la página anterior.

“Intentan averiguar lo que escribo, pero ya los tengo calados, se quiénes son. Sus movimientos no me engañan, aunque he de decir que actúan muy bien. Ayer atrapé a uno de ellos revisando mis papeles. Ella afirmó rotundamente ser la mujer de la limpieza, pero vi una sonrisa asomar por sus labios cuando se fue. “

Se subió al autobús y guardó la libreta en la mochila que llevaba. Un hombre se sentó a su lado y apretó más fuerte su mochila contra el pecho. Nunca habían intentado acercarse a él tanto. Lo miró de reojo y le pareció que el hombre apartaba la vista de él rápidamente, pero lo había pillado: era uno de ellos seguro.

Se bajó en la siguiente parada y el hombre también. Aceleró el paso mirando constantemente hacia atrás. Le estaba siguiendo. Apenas podía pensar en nada más que correr. Aceleró más el paso y se escondió en un callejón. Esperó a que el hombre pasara de largo y, cuando salió, no había indicios de él por ninguna parte.

Llegó a casa y saludó a su gato. Le puso comida y se sentó en su escritorio.

“Mañana propagaré la información, todo el mundo podrá saber la verdad y exigir respuestas. Les enviaré cartas a todos, lo contaré en las calles. Casi me apena que no puedan hacer nada más para pararme.”

Escuchó un ruido en la cocina, no levantó la vista pues supuso que era el gato, pero un ruido a su lado le hizo levantarse de golpe. A su lado estaba el gato con los pelos erizados y gruñendo.

EL CLON

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Parecía que el mundo entero se había vuelto loco. ¿Por qué tanto revuelto? Solo había aterrizado una nave espacial. Encendió la televisión para ver las noticias sobre aquello. Al principio lo miró con indiferencia, al poco no podía apartar la mirada de la televisión. Los seres que bajaban de la nave no se parecían a nada a como él se había imaginado a un extraterrestre, seres verdes, con garras y dientes afilados, babosos, grandes y muy inteligentes; a diferencia, todos eran clones suyos. Eso le perturbó y no sabía muy bien cómo reaccionar. Salió a la calle a airearse, todos con los que se cruzaba le señalaban con terror. El echó a correr e intentó huir todo lo lejos que pudo. Cuando giró la cabeza un montón de clones suyos lo seguían, de repente el mundo se acabó. Ante él, no había más camino, sólo un precipicio que daba al universo, se giró y miró a los clones. En silencio, se estaban deshaciendo, dejando solamente varios montones de arena blanca.

Se despertó empapado en sudor, casi saltó de la cama y miró a todas partes. Estaba en su cuarto, sólo había sido un sueño. Se sentó en la cama con un sentimiento desagradable en el pecho, algo lo tenía muy inquieto y no era sólo el soñar con él mismo. Döden, su perro, se acercó a él y le pidió mimos. Estuvieron un rato los dos estirados en la cama en silencio y luego salieron a pasear. Iba tan concentrado en sus pensamientos que no se fijó en nada hasta que se chocó con alguien. Levantó la mirada más mecánicamente que porque lo sintiera, para disculparse, aún perdido en sus pensamientos y se vio a él mismo.

Miró a su alrededor, todos eran él. Le entró pánico pero no corrió, nadie le miraba extraño, todos seguían haciendo sus cosas tranquilamente. Hablando entre ellos, paseando o caminando apresurados con caras de preocupación. Los miró con atención y se preguntó si todos eran él, o era él, al fin y al cabo, todos.